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Sonrisas de humanidad en la tragedia

Posted on: 23 enero 2010

“Cuando todas las posibilidades se agotan, tiempo es de creer en milagros”. Frase alentadora, cautivadora e ingeniosa, componente publicitario de la campaña de recolección de fondos para una organización caritativa llamada Miracles, milagros.

La tomo prestada, sirviéndome de milagro en su segunda acepción: suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa. El terremoto en Haití ha sido pródigo en milagros; el más impresionante, la enorme solidaridad que viene espontánea, resuelta, desprendida, desde todos los confines geográficos.

Las ayudas llegaron con tanta rapidez y en tales cantidades que inicialmente superaron la capacidad de distribuirlas de los soldados de la ONU y de Estados Unidos, y de los brigadistas y voluntarios que acudieron en las horas inmediatas al desastre, la mayoría tras salvar miles de kilómetros de distancia.

Innecesarias las campañas insistentes de motivación para agilizar las chequeras y soltar los bolsillos. Han bastado las escenas dantescas diseminadas por los medios masivos de comunicación para convertir la conmiseración en donativos de mucho y poco monto, algunos provenientes de gentes tan pobres como los haitianos damnificados mismos. Esos cuadros de destrucción y miseria deberían ser un seísmo en la conciencia colectiva.

Triste, desalentador y paradójico el devenir histórico de la patria de Toussaint L’Ouverture. Parece que la desgracia ha echado allí raíces y se revela a la menor oportunidad aliada a una naturaleza que sólo sabe expresarse de manera brutal, arrolladora, imperturbable ante la escala de las pérdidas humanas. Huracanes, inundaciones, aludes de lodo, pobreza extrema, y ahora, un terremoto demoledor, apocalíptico.

Cuesta desarraigar la idea de que la desolación encontró hogar propicio en el primer país independiente de las Américas , aquel terreno fértil par excellence para las ideas libertarias con génesis en la metrópolis. Y donde fracasó la furia colonial cuando la egalité, liberté et fraternité de la revolución francesa habían sido archivadas por el autoritarismo de Napoleón, cuyo cuñado y favorito, el general Léclerc, murió en ese trópico sediento de libertad en la tarea infame de reponer la esclavitud.

¿Se equivocó el insigne poeta inglés William Wordsworth cuando en su elegía “To Toussaint L’Ouverture” escribió: “Live, and take comfort. Thou hast left behind /Powers that will work for thee; air, earth, and skies” (Vive y siéntete aliviado./ Porque has dejado atrás poderes que trabajarán por ti: el aire, la tierra, y los cielos”)?

De Esquilo vivir, hallaría argumento idóneo para el género teatral que fue invención suya, la tragedia, acomodada esta vez no sobre los grandes ciclos mitológicos de la historia de Grecia, sino de Haití. E igualmente podría explicar con propiedad, hurgando en un pasado de grandezas y desastres, de triunfos y fracasos estrepitosos, esa fatalidad eterna a que aludía, esa moira en control de la naturaleza y de la cual los humanos somos simples peleles. Suyo era tal ha sido Haití hasta ahora: un teatro de sufrimiento.

No tomemos el camino fácil del discurrir que propone el sufrimiento como redención, instancia obligada del hombre en “este valle de lágrimas”. Del cainismo de la naturaleza, si existe, poco sabremos. Pero la pobreza, explotación, arritmia social y atraso haitianos son asignatura conocida, incluidas la desidia e indolencia culposa de la comunidad internacional.

La bondad del sufrimiento, si cabría considerarla tal, radica en que el dolor, rasero eficiente, a todos nos iguala al despojarnos de esa armadura de invencibilidad, de dureza con que nos revestimos en un ejercicio de futilidad. Y cuando la aflicción ajena conmueve, como ha ocurrido sin dudas en el caso haitiano, se despiertan los sentimientos más nobles de que es capaz el ser humano.

Podría ser dominicano, inglés, norteamericano o indonesio, aquel padre acongojado, destrozado internamente ante la imposibilidad de negarse a que a su hijo de poca edad, atendido de emergencia en un hospital dominicano, le amputaran la pierna casi gangrenada, anticipación de una septicemia mortal cierta. Si ser haitiano pobre es de por sí un lastre, qué futuro aguarda a un niño, además de infortunado, minusválido.

De Esquilo es también otro presupuesto que luce más aceptable para el Haití de estos momentos, y es que cuanto más profundo y doloroso es el sufrimiento, cuanto mayor es la desesperación y aun en contra de nuestra voluntad, surge la esperanza. La hemos avistado en el trabajo esforzado de esos extranjeros, blancos por demás, cuando han celebrado con alegría incontenible el hallazgo de un superviviente, sobre todo de menores. Esa foto del bombero español, polvoriento, sucio y sudoroso y con el niño extraído de los escombros en sus brazos, es un testimonio de esperanza.

Lo es también el gesto de la madre dominicana que, como la loba en la leyenda de Rómulo y Remo, amamantaba al niño haitiano en un hospital capitaleño. Leche materna nutricia que mana sin los prejuicios ancestrales del Este y Oeste isleño, que no sabe a color de piel ni se ha contaminado con el discurso malsano de los ultranacionalistas o de los haitianófilos irreverentes.

Desde que apareció en la portada de casi todos los principales diarios europeos el jueves, no he dejado de mirar a diario esa foto electrizante de Kiki, rescatado del montón de escombros ocho días después del terremoto por dos equipos de brigadistas norteamericanos. Kiki con sus ocho años de miseria y el reflejo del apego a la vida en los ojos iluminados; los brazos abiertos en cruz, al descubierto un cuerpo demacrado y polvoriento; dientes saltones y labios gruesos que agrandan una sonrisa de triunfo. Kiki exultante entre aquellos hombres corpulentos, bien comidos, impecablemente equipados y vestidos para las tareas de rescate, alzado en brazos extranjeros para ser depositado en los brazos familiares de su madre anhelante, tan sucia, enjuta y pobre como él, pero enriquecida súbitamente por el destino milagroso. Júbilo compartido sin remilgos de clase, aplausos espontáneos con sonido a misión cumplida.

El milagro de Kiki, titulaban los diarios. En opinión de un experto, su rescate es un testamento de resistencia de la constitución humana. Un adulto saludable normalmente alcanza ocho semanas desprovisto de alimentos. Sin líquidos, se deshidrata en apenas tres o cinco días. Cuando cumplimos las necesidades fisiológicas, sudamos y hasta cuando respiramos, el agua corporal se nos escapa irremediablemente. De no reponerla a tiempo, nuestros órganos cesan de funcionar.

El diario londinense “The Independent” apunta una hipótesis. Tal vez las lluvias caídas en Haití antes del terremoto impregnaron el concreto que aprisionaba a Kiki y éste pudo lamer la humedad resultante. “Cómo pudo arreglárselas mentalmente, es cuestión de adivinanza. Pero los niños muestran una sorprendente capacidad de resistencia frente a la adversidad”. ¿Serán niños todos los haitianos?

La solidaridad e ideales de servicio trascienden razas y nacionalidades. Resalta la identificación con el apellido Sánchez, del otro lado del uniforme donde está la bandera norteamericana a la altura del pecho de uno de los brigadistas que liberó a Kiki.

Eran mexicanos los que extrajeron a Ena Zizi de la catedral en ruinas que sepultó en vida al arzobispo y a un número indeterminado de feligreses. Jonás estuvo tres días en el vientre de la ballena, Zizi, una semana “con los cerrojos de la tierra” echados. Volvió a la vida con el rostro esculpido en lodo y un cántico sediento en los labios que apagó una botella de agua fresca. Derrotó al llamado “síndrome del aplastamiento”, que es el daño renal inducido por las toxinas que los músculos dañados envían al torrente sanguíneo.

Puede que todo cambie una vez Haití desaparezca de las primeras páginas de los diarios y de los noticiarios de las grandes cadenas de televisión. El retorno de ese jirón de geografía insular a su tragedia habitual, en soledad, es casi una certeza. Hay que rendir tributo, sin embargo, a la dignidad del pueblo haitiano, su inmensa paciencia y resolución ante tanta tragedia de siglos.

Quizá Wordworths no erró del todo, y sea aplicable a este Haití herido y sufrido lo que dejó para la historia a L’Ouverture en la última estrofa de la elegía mencionada:

There’s not a breathing of the common wind That will forget thee; thou hast great allies;/ Thy friends are exultations, agonies, /And love, and man’s unconquerable mind.

(No hay un suspiro del viento común/ Que vaya a olvidarte; tienes grandes aliados;/ Tus amigos son el júbilo, las agonías,/ Y el amor, y la mente indomable del hombre).

Puede que todo cambie una vez Haití desaparezca de las primeras páginas de los diarios y de los noticiarios de las grandes cadenas de televisión. Hay que rendir tributo, sin embargo, a la dignidad del pueblo haitiano, su inmensa paciencia y resolución ante tanta tragedia de siglos.

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